Despedida-Gardel_23junio-1935

Carlos Gardel en Medellín

Un interesante relato de las últimas horas del viaje de Carlos Gardel en el avión de SACO que tenía como destino final la ciudad de Cali, y su desenlace final en el impresionante accidente.
En el libro encontramos el siguiente relato:

Gardel había llegado a Bogotá el 14 de junio, el mismo día en que se dio uso a la edificación llamada Circo de Toros, ubicado en San Diego y que había sido inaugurado el 8 de febrero de 1931, exclusivamente para la actividad del toreo. Su dueño, don Ignacio Santamaría, permitió que allí se presentara el gran ídolo, pues fuera de la Plaza de Bolívar, este era el único sitio con capacidad para quince mil personas. El éxito fue trepidante. Nunca el circo se abarrotó como ese día, sábado 22.
Al perderme las presentaciones en vivo y en directo que realizó en Bogotá, se presentó una oportunidad de oro para mí, pues Gardel, ágil como un águila, debía viajar a Cali. Como la Saco, por compromisos ya firmados con las demás compañías, no podía viajar directamente de Bogotá hasta allí, más el hecho de que con las naves existentes era imposible tramontar la pirámide colosal del alto de la línea sin la visibilidad que mantiene la temprana mañana, y debido a que era ya medio día, se vio en la obligación de volar por Medellín.
Que fuera esta compañía y no la Scadta la encargada de su transporte, a pesar de haber sido esta la que lo transportó en su exitosa gira por el Caribe y, luego de culminada, lo trajo en un vuelo exclusivo desde Barranquilla hasta Bogotá, representaba una desventaja inmedible para la Scadta.
El doctor Ernesto Samper Mendoza, queriéndose granjear la confianza de Gardel, habló con su representante, el empresario, y gerente de la Paramount Pictures en Bogotá, Schwartz, para que él, en persona, convenciera al Turpial Tanguero de viajar en los aviones de la Saco y dejara, de paso, lo pactado con Scadta. Dadas las virtudes en oratoria con las que contaba el doctor Samper, pudo convencer a Schwartz y a Gardel, de que viajaran en sus máquinas, a precios mucho más económicos y en aviones trimotores Ford, de los mismos que tenía la Scadta.

Mas adelante encontramos  la siguiente narración:

Mi misión, luego de que aterrizara el avión en el que viajaba el doctor Samper, era recibirlo y prepararlo a la mayor brevedad posible para su siguiente vuelo hacia la ciudad de Cali. Apenas llegó a la rampa de parqueo el Ford F-31, piloteado por Stanley Harvey, me dio un reporte profundo sobre la condición del trimotor. Parecía que todo se encontraba en orden, aunque me comentó que había sentido una muy sutil, pero constante vibración en el motor derecho, pero sin ningún tipo de indicación o fluctuación importante de las revoluciones registradas en los instrumentos de la cabina, cosa que él atribuyó a la fuerte turbulencia que tuvieron que sortear cuando entraban al Valle de Aburrá y se aproximaban al aeropuerto de Las Playas, en Medellín.

Yo había volado el avión días atrás y había notado exactamente la misma condición, además de que en vuelos largos era necesario reabastecerlo, con dos cuartos adicionales de aceite. Ya estaba reportado en la bitácora de vuelo, pero según el fabricante, esta condición estaba dentro de los límites establecidos y se consideraba normal. Me dispuse a hacer el chequeo antes del vuelo y cuando llegué al motor derecho, atendiendo a las indicaciones que me había explicado Harvey, abrí la tapa del tanque de aceite y me di cuenta de que le faltaba tal vez menos de un cuarto.

No sobra decir, que en el suelo, revuelto con la gravilla, había un pequeño charco de aceite resultado de minúsculas gotas intermitentes que caían esporádicamente desde uno de los pistones del motor. Al terminar mi chequeo, le comenté al doctor Samper del percance, pero no me prestó atención, pues Gardel los tenía obnubilados a todos, incluyéndolo a él. Se limitó a decirme que ya lo había chequeado y que ese escape era casi normal y permitido por la fábrica, más en los motores radiales tan potentes como ese.

Pero él solo tenía su atención y sus ojos dirigidos a la misión más importante del momento: relaciones públicas y atender a Carlos Gardel. Transportarlo en los aviones de su empresa era todo un acontecimiento a nivel nacional y eso le daría a la Saco un gran posicionamiento en el mundo de la aviación.

La afluencia atiborrada me aburría y más, cuando, como animales, se enfilaban uno tras otro para poder, aunque fuera por un segundo, tocar al Rey del Tango. Lo que me pareció extraño era ver que el doctor Samper, con solo 33 años —dos años menor que yo—, despertaba también muchísima simpatía y no pasaba por desconocido al lado de Carlos Gardel. Es más, a él también le pedían autógrafos.

Yo, mientras tanto, rellené el tanque de aceite, limpié cuidadosamente el motor cerciorándome de que el escape no fuera mucho más profundo de lo que aparentaba con el tenue goteo, que por pequeños lapsos mentales me inquietaba. Todo parecía estar en los límites normales.

Los artistas subieron al avión en medio de la fiesta: Carlos Gardel, Alfonso Azaf, José Plaja, José Domingo Riverol, José Aguilar Barberi, Celedonio Palacio, Henry Schwartz, y el copiloto y radiotelegrafista de la nave, el gringo Willis B. Foster, y otros que no identifiqué. Mi curiosidad y preocupación no era esa, sino el avión. Caminé hacia la escalerilla del Ford, donde estaba al doctor Samper Mendoza y le repetí mi inquietud, previniéndolo para que tratara de no llevar el motor derecho a su máxima potencia durante el despegue.

Luego de que me miró como aguafiestas, se dio media vuelta y entró al avión. Sintiendo que estaba perdiendo mi tiempo empecé a caminar hacia la rampa. Mientras me alejaba, sentí una mano en mi hombro y al volverme vi con sorpresa que era el doctor Samper, quien prefirió, por fin, atenderme.

—¿Qué pasa Sornoza? —dijo.

—Hay algo que me preocupa, doctor Samper, que puede ser solo un presentimiento idiota. Me desconsuela que el avión esté atiborrado de equipaje. Es que hasta entre las sillas y el pasillo hay guitarras y tambores. En eso, lo cogí del brazo suavemente, y lo llevé casi a la fuerza a mostrarle las ruedas que se encontraban achatadas contra el piso más de lo debido, mostrándole que el avión tenía exceso de peso.

Continue la lectura en el libro y disfruta de toda esta historia.

Esta interesante imagen nos muestra a Samper Mendoza al frente de uno de los Ford Trimotor con los aviadores americanos Edward West, Edmund Ross, John McMillan, Stanley Harvey y su amigo Grant Yetman Flynn.

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